Hay una inversión silenciosa ocurriendo en nuestras calles. No la vimos venir porque los libros de ciencia ficción nos habían preparado para el escenario contrario: robots sirviendo a humanos, automatización liberándonos del trabajo tedioso, máquinas como nuestros sirvientes obedientes.
La realidad está resultando ser exactamente al revés.

Mira a tu alrededor. El repartidor de Glovo corriendo bajo la lluvia no está ahí porque sea menos inteligente que tú o que yo. Está ahí porque tiene algo que ninguna inteligencia artificial puede replicar todavía: manos que sostienen, piernas que suben escaleras, ojos que leen números de portal borrosos, dedos que tocan timbres.
Ya no somos los cerebros del sistema. Somos sus manos y sus pies.

Estamos entrando en lo que podríamos llamar un «periodo intermedio»: ese tiempo en el que las inteligencias artificiales ya piensan mejor que nosotros, pero los robots físicos todavía no existen o son demasiado torpes, demasiado caros, demasiado frágiles para el mundo real. En ese intervalo, ¿cuál es nuestro papel? Periféricos. Sensores. Actuadores biológicos.

Porque en un mundo que te reduce a periférico, el yoga te devuelve a ti mismo. Mientras tu valor económico se mide en entregas por hora o kilómetros recorridos, el yoga te recuerda algo fundamental: tu cuerpo no es una herramienta; es tu experiencia primaria de estar vivo.
Cuando todo a tu alrededor acelera, la capacidad de ralentizar se vuelve revolucionaria.

Las máquinas ya piensan mejor que nosotros. Pronto se moverán mejor también. Pero hay algo que siempre seguirá siendo nuestro, y creo que la esterilla, junto con el arte, la literatura, la belleza y las relaciones humanas, es uno de los lugares donde tenemos que descubrir de qué se trata.

Este artículo fue publicado originalmente en nuestro Substack. Suscríbete para recibir nuevos ensayos directamente en tu correo.


