
¿Existe un entrenamiento que revierta el daño de la economía de la atención? La respuesta es sí. Y tiene más de dos mil años de desarrollo.
Arthur Schopenhauer fue el primer filósofo occidental que entendió esto con claridad. A principios del siglo XIX leyó los Upanishads y reconoció algo que la filosofía occidental había pasado por alto: la atención no es un mero instrumento del pensamiento —es la manifestación misma de la voluntad. «El mundo es mi representación.» Y tu representación del mundo depende enteramente de dónde diriges tu atención.
El yoga es tecnología atencional. Siempre lo fue. Cuando Patanjali define el yoga como chitta vritti nirodha, no habla de vaciar la mente. Habla de recuperar el control sobre dónde va tu atención.

Y para eso diseñó un sistema de ocho pasos: desde los yamas (higiene atencional externa) hasta samadhi (absorción total donde observador, observado y acto de observar se unifican). No como dogma religioso, sino como programa de entrenamiento progresivo.
Empieza con treinta segundos. Solo atención sostenida en la inhalación y exhalación. Cuando la mente se vaya —y se irá, cientos de veces— simplemente regresa. Sin juicio. El objetivo no es no distraerte. El objetivo es notar que te distrajiste y volver. Eso es una repetición. Como una flexión. Estás entrenando.

Treinta segundos de presencia total valen más que treinta años de práctica ausente. Por eso el yoga ahora no es autocuidado —es autodefensa cognitiva. No es relajación —es entrenamiento de tu capacidad más amenazada. No es escapismo —es exactamente lo contrario: la práctica de estar completamente presente en una realidad que constantemente te empuja hacia la ausencia.
La llave está en tu mano. Siempre estuvo ahí. Solo necesitas aprender a usarla.
Este artículo fue publicado originalmente en nuestro Substack. Suscríbete para recibir nuevos ensayos directamente en tu correo.


