Entre el olvido y la presencia: Cernuda y el camino del yoga

Durante estos días de invierno, encontré un viejo libro; Antología de Luis Cernuda en una de nuestras estanterías de la escuela. Hojeando sus páginas amarillentas, me llegó la pregunta de una alumna: ¿qué tiene que ver Cernuda con el yoga? Ciertamente el desorden de libros sobre la mesa era curioso: junto a Iyengar, el Gita y un manual de anatomía de Kaminoff se apilaban San Juan de la Cruz, Juan Ramón, y este que tenía entre las manos de Cernuda…

Pues si, resulta que Cernuda, como sevillano, forma parte de nuestro patrimonio cultural pero además, sus reflexiones sobre el deseo y la búsqueda de liberación interior tienen paralelismos notables con principios fundamentales del yoga que practicamos y que enseñamos.

Este artículo quiere, o al menos, humildemente pretendo, explicar y explorar ese puente entre la poesía de Cernuda y la filosofía yoguica, dos caminos que, aunque distantes en origen, comparten una profunda comprensión sobre la naturaleza del deseo humano. Para ello me apoyaré en dos piezas que recuerdo y me marcaron de alguna forma: ‘Donde habite el olvido’ y ‘El acorde’.

La Generación del 27 y su revolucionario acercamiento a Oriente

La Generación del 27 emergió en una España que apenas comenzaba a abrirse a influencias culturales más allá de Europa. En este contexto, el acercamiento de estos poetas a las filosofías orientales resultaba no solo inusual sino increíblemente ‘extraño’ y revolucionario.

Juan Ramón Jiménez, el poeta de Moguer que acabaría ganando el Nobel, fue una especie de guía espiritual para los jóvenes del 27, más allá de enseñarles sobre métrica y belleza poética. Según los estudios de Gullón (1984), en su casa guardaba como tesoros varios libros de filosofía india como el Bhagavad Gita y los Upanishads, que había conseguido en traducciones francesas e inglesas. Y lo mejor es que no se los guardaba para él: existen testimonios de que los compartía con Federico García Lorca, Jorge Guillén y otros poetas que buscaban su consejo, abriendo para ellos un mundo nuevo sobre cómo entender la relación entre las personas y el universo.

En «Espacio», su extenso poema en prosa, Juan Ramón escribe:

«Y soy un dios sin espada, sin nada de lo que hacen los hombres con su ciencia; sólo con lo que es producto de lo vivo, lo que se cambia cada instante, pero nunca cambia.»

Es curioso cómo este aspecto de Juan Ramón ha pasado casi desapercibido cuando se estudia la literatura de la época. Esa semilla oriental que plantó entre los poetas madrileños acabó siendo crucial para ampliar sus horizontes filosóficos y poéticos. Su concepto de «la transparencia, dios, la transparencia» y su búsqueda de una poesía pura que captara la esencia misma de las cosas tienen claros paralelismos con ideas vedánticas. Una vez que conoces esta faceta suya, empiezas a ver las huellas de esos textos sagrados en sus obras y en las de sus discípulos, en cómo entendían la poesía y en la manera en que conectaban las palabras con algo trascendente.

Una anécdota reveladora la encontramos en 1927, cuando Rosa Chacel narró cómo en una tertulia en Madrid, García Lorca discutía conceptos como «maya» (la ilusión) y «atman» (el ser esencial) con el mismo entusiasmo con que hablaba del cante jondo (Chacel, 1972). Esta escena resulta sorprendente considerando que el yoga y la filosofía hindú eran absolutamente desconocidos en la España de la época, limitados a pequeños círculos intelectuales con acceso a publicaciones extranjeras.

Vicente Huidobro, quien mantuvo estrecho contacto con miembros de la Generación del 27, introdujo en España algunas ideas del budismo zen tras su estancia en París, donde estas filosofías comenzaban a tener cierta presencia. Su concepto de «creacionismo» poético, que influyó en varios poetas del 27, tiene paralelismos con la idea zen de ver la realidad sin los filtros de los conceptos preestablecidos (Valcárcel, 1995).

El caso de Cernuda resulta particularmente interesante. Durante su exilio en Reino Unido, entró en contacto con los círculos teosóficos británicos, donde el estudio del Vedanta y otras tradiciones orientales tenía ya cierta tradición. El poeta Rafael Martínez Nadal (1983), amigo de Cernuda, mencionó en sus memorias que este solía asistir a charlas sobre filosofía oriental en Londres, y que en cierta ocasión le comentó que «en Oriente habían encontrado hace siglos respuestas que nosotros seguimos buscando» (p. 142).

La aproximación de estos poetas a conceptos como la no-dualidad, la impermanencia o la naturaleza ilusoria del ego resultaba radicalmente contracultural en la España de los años 20 y 30. Recordemos que se trataba de un país aún predominantemente católico, donde cualquier espiritualidad fuera de la ortodoxia religiosa era vista con recelo.

Es destacable que varios de estos poetas encontraran paralelismos entre prácticas contemplativas orientales y ciertas tradiciones místicas españolas. María Zambrano (1955), filósofa cercana al grupo, señaló conexiones entre San Juan de la Cruz y el concepto de vacío en el budismo zen. Esta búsqueda de puentes entre tradiciones orientales y la propia tradición española constituía un acto de apertura cultural sin precedentes.

En cuanto a las prácticas físicas del yoga, hay poca evidencia de que los miembros del 27 las conocieran en profundidad. Sin embargo, Ernestina de Champourcín, poeta vinculada al grupo, menciona en su correspondencia haber asistido en París a demostraciones de «ejercicios respiratorios hindúes» similares al pranayama. Escribió a Cernuda en 1928: «Estos ejercicios de respiración producen un estado de calma que me recuerda lo que buscas en tus poemas: ese silencio interior donde las palabras encuentran su verdadero sentido» (Champourcín & Conde, 2007, p. 78).

La conexión entre la poesía de Cernuda y principios similares a los del yoga no es, por tanto, casual ni forzada. Responde a un interés genuino que compartieron varios intelectuales de su generación por encontrar nuevos paradigmas espirituales y filosóficos más allá de la tradición occidental.

La geografía interior del desapego

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Cuando Cernuda escribe estos versos iniciales, está cartografiando una geografía interior que busca trascender el sufrimiento. Su anhelo de habitar el olvido resuena profundamente con el concepto de vairagya (desapego) en la filosofía del yoga. En los Yoga Sutras de Patañjali, el desapego no es una negación de la vida, sino la sabiduría de no aferrarse a lo transitorio. El poeta sevillano parece buscar precisamente ese estado donde la identidad personal («donde yo sólo sea memoria») se disuelve para encontrar paz.

El deseo como fuente de sufrimiento

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

La práctica del yoga nos enseña que la raíz de nuestro sufrimiento (dukkha) reside en el apego (raga) y la aversión (dvesha). Cernuda, desde su experiencia personal de amor no correspondido, llega a una conclusión similar cuando anhela un espacio «donde el deseo no exista». Este verso conecta directamente con la segunda noble verdad del budismo y el concepto de trishna (sed o anhelo) como origen del sufrimiento.

En nuestra práctica de yoga, trabajamos precisamente con esta tensión: no suprimir el deseo de forma artificial, sino observarlo con conciencia plena para poder liberarnos de su tiranía. La postura (asana) se convierte en el laboratorio donde aprendemos a observar nuestros apegos sin identificarnos completamente con ellos.

El amor como «ángel terrible»

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

La dualidad del amor como fuerza divina y tormentosa refleja la comprensión yoguica de que nuestros mayores dones pueden convertirse en nuestras mayores ataduras cuando nos identificamos excesivamente con ellos. La imagen del «ángel terrible» evoca la figura de Shiva Nataraja, el danzante cósmico que simultáneamente crea y destruye.

En nuestra práctica, esta tensión se manifiesta cuando nos esforzamos demasiado por alcanzar una postura perfecta (atados al resultado) en lugar de habitar el proceso. El «tormento» que menciona Cernuda es similar a lo que los textos yoguicos denominan klesha (aflicción mental), particularmente abhinivesha (el apego a la vida y miedo a la pérdida) como señala Satchidananda (2012) en sus comentarios sobre los Yoga Sutras.

La liberación sin saberlo

Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Estos versos reflejan de manera asombrosa el estado de samadhi descrito en los textos yoguicos: una liberación que trasciende el pensamiento discursivo, donde el «yo» como entidad separada se disuelve temporalmente. La mención de quedar «libre sin saberlo» evoca el concepto de kaivalya (liberación final), donde la consciencia descansa en su propia naturaleza, más allá de cualquier esfuerzo o intención.

La imagen de estar «disuelto en niebla» recuerda la experiencia del pratyahara (retiro de los sentidos) y dharana (concentración), estados donde los límites habituales del yo comienzan a disolverse.

La práctica como camino hacia el «allá lejos»

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

El anhelo de Cernuda por ese lugar «allá lejos» es el mismo que nos lleva cada día a nuestra esterilla. Aunque el poeta lo llama «olvido», podríamos denominarlo también «presencia plena» (smriti), pues ambos conceptos convergen en un estado donde el «yo» narrativo deja de dominar nuestra experiencia.

‘El acorde’

«Dejadla así que así es la rosa’, decía uno de esos profesores de literatura, que, este si, no dejaba que desgranásemos con interpretaciones o peor aún, con sesudos análisis sintácticos, ninguno de estos poemas. Este otro poema en prosa de su obra ‘Ocnos’ lo dejaré así, sin mas, para que puedas leerlo sin la menor interferencia y sin ningún comentario, puedas sacar tus propias conclusiones:

EL ACORDE

A Jacobo Muñoz

El murciélago y el mirlo pueden disputarse por turno el dominio de tu espíritu; unas veces norteño, solitario, olvidado en la lectura, centrado en ti; otras sureño, esparcido, soleado, en busca del goce momentáneo. Pero en una y otra figuración es-piritual, siempre hondamente susceptible de temblar al acorde, cuando el acorde llega.

Comenzó con la adolescencia, y nunca se produjo ni se produce de por sí, sino que necesitaba y necesita de un estímulo.

¿Estímulo o complicidad? Para ocurrir requiere, perdiendo pie en el oleaje sonoro, oír música; mas aunque sin música nunca se produce, la música no siempre y rara vez lo supone.

Mírale: de niño, sentado a solas y quieto, escuchando absorto; de grande, sentado a solas y quieto, escuchando absorto. Es que vive una experiencia, ¿cómo dirías?, de orden «místico». Ya sa-bemos, ya sabemos: la palabra es equívoca; pero ahí queda lan-zada, por lo que valga, con su más y su menos.

Es primero, ¿un cambio de velocidad? No; no es eso. El curso normal en la conciencia del existir parece enfebrecerse, hasta vislumbrar, como presentimiento, no lo que ha de ocurrir, sino lo que debiera ocurrir. La vida se intensifica y, llena de sí misma, toca un punto más allá del cual no llegaría sin romperse.

¿Como si se abriese una puerta? No, porque todo está abierto; un arco al espacio ilimitado, donde tiende sus alas la leyenda real. Por ahí se va, del mundo diario, al otro extraño y desusado. La circunstancia personal se une así al fenómeno cósmico, y la emoción al transporte de los elementos.

El instante queda sustraído al tiempo, y en ese instante intemporal se divisa la sombra de un gozo intemporal, cifra de todos los gozos terrestres, que estuvieran al alcance. Tanto parece posible o imposible (a esa intensidad del existir qué importa ganar o perder), y es nuestro o se diría que ha de ser nuestro. ¿No lo asegura la música afuera y el ritmo de la sangre adentro?

Plenitud que, repetida a lo largo de la vida, es siempre la misma; ni recuerdo atávico, ni presagio de lo venidero: testimonio de lo que pudiera ser el estar vivo en nuestro mundo.

Lo más parecido a ella es ese adentrarse por otro cuerpo en el momento del éxtasis, de la unión con la vida a través del cuerpo deseado.

En otra ocasión lo has dicho: nada puedes percibir, querer ni entender si no entra en ti primero por el sexo, de ahí al corazón y luego a la mente. Por eso tu experiencia, tu acorde místico, comienza como una prefiguración sexual. Pero no es posible buscarlo ni provocarlo a voluntad; se da cuando él quiere.

Borrando lo que llaman otredad, eres, gracias a él, uno con el mundo. Palabra que pudiera designarle no la hay en nuestra lengua: Gemüt: unidad de sentimiento y consciencia; ser, existir, puramente y sin confusión. Como dijo alguien que acaso sintió algo equivalente a lo divino, como tú a lo humano, mucho va de estar a estar. Mucho también de existir a existir.

Y lo que va del uno al otro caso es eso: el acorde.

El yoga como poesía práctica

El diálogo entre Cernuda y la filosofía del yoga muestra cómo tradiciones aparentemente distantes comparten intuiciones profundas sobre el sufrimiento y la liberación. El interés por las filosofías orientales en la Generación del 27 surgió en un momento de crisis existencial en Occidente. Estos poetas encontraron en conceptos como la no-dualidad del Advaita Vedanta nuevas formas de entender y expresar la experiencia humana.

La poesía y los textos yoguicos comparten algo esencial: crean espacios de silencio donde lo inefable puede manifestarse. En yoga, tras una secuencia intensa, valoramos el shavasana; en poesía, tras versos cargados de imágenes, apreciamos ese blanco en la página que dice tanto como las palabras. Cada asana genera su propio silencio, como cada verso de Cernuda abre un espacio para que resuene algo más profundo que las palabras mismas. Esta es quizás la conexión más práctica entre ambos caminos: nos enseñan que el vacío no es ausencia sino posibilidad, un espacio donde podemos, por fin, escuchar.

En YUJ, conectamos estas dos tradiciones porque ambas nos ayudan a comprender mejor nuestra relación con el deseo y el apego. La obra de Cernuda, nacida de su experiencia personal, creo que ofrece un mapa paralelo al que encontramos en los textos yoguicos, recordándonos que el camino hacia la libertad interior está presente en múltiples tradiciones y nos lleva acompañando mucho más de lo que pensamos.

Acaricio con la yema del dedo la serpiente roja de la portada de su libro. No tengo dudas: Cernuda y sus compañeros del 27 sabían lo que hacían. Conocían verdades que el yoga nos invita a descubrir en cada práctica. Devuelvo el libro a la estantería con una sonrisa. A veces, los caminos más lejanos y distantes se encuentran justo donde menos lo esperamos.


Referencias

Abellán, J. L. (1998). Historia del pensamiento español. Espasa-Calpe.

Cano Ballesta, J. (2007). La poesía española entre pureza y revolución. Gredos.

Chacel, R. (1972). Desde el amanecer: autobiografía de mis primeros diez años. Revista de Occidente.

Champourcín, E., & Conde, C. (2007). Epistolario: 1927-1995. Castalia.

Gullón, R. (1984). Estudios sobre Juan Ramón Jiménez. Gredos.

Martínez Nadal, R. (1983). Españoles en la Gran Bretaña: Luis Cernuda. Hiperión.

Valcárcel, E. (1995). La introducción de la vanguardia en la poesía hispánica. Fundamentos.

Valente, J. Á. (1991). Variaciones sobre el pájaro y la red. Tusquets.

Zambrano, M. (1955). El hombre y lo divino. Fondo de Cultura Económica.

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